Sucedió una vez en un pueblo cercano a la Alambra, un príncipe Moro, que llego de las
cruzadas con botín de su ocupación. Era más Moro que humano, ojos negros profundos cabello crespo, y piel ensombrecida. Su nombre era Abdul, Como una legión de hormigas
tomó posadas, casas techos y no dejó rincón.
Un día en sus pocos momentos de descanso miró
desde el camino como el Río tinto atravesaba la pradera florecida y sintió deseos de descansar.
En su andar bajó de su toledano ataviado de plata y joyas, y soltando la rienda se dispuso a
caminar
Se encontraba tendido y cubierto por los pastizales, solo el cielo por sobre su cabeza y sintió
deseos de quedarse así, no había nada en el mundo que más quisiera conquistar. Parpadeó, y
entre los sueños de su siesta, una risa como música en el agua, lo despertó. Se incorporó y la
vió blanca, ataviada sola en su piel, llena de luz , de día y sol. . Rodeada de sus sirvientes y por
Alá que solo sería su último tesoro.
Hecho de guerras y metal, Abdul no tardó en saber todo sobre Virginia, quien se cruzo en su
camino rumbo a su castillo. Preparó una pequeña emboscada que no resulto. Desde entonces
la corte y su guardia quedaron en alerta. El Moro ya no distinguía entre la meta y su capricho, y
fue decidido a tomar el reino entero .
Virginia por su lado ahora sentía que tenía la sombra que antes no conocía y le dolía ver su
tierra arrasada, poco apoco por Abdul. El rey quiso intentar el diálogo pero era más el capricho.
Esa noche todo estaba listo y la toma era inminente, Virginia no tenía salida , y pensó en huir.
Fue entonces que su sierva la ocultó tras un pasadizo que nadie conocía un gran reloj,
cuyo péndulo abría la puerta a un cobertizo. Abdul cruzó salones, galerías, voló sobre las
escaleras sin herir a nadie, pero no dejó espacio sin revisar halló los más recónditos,
escondites, que ni el rey conocía, y si era cierto la mentira sobre el Viaje de Virginia le daría
pase para volver
Fue increíble la alianza de sus sirvientes, las formas de acercarle la comida, hasta descubrir
que Abdul tenía una debilidad, odiaba las doce campanadas del péndulo, razón por la cual a
medianoche se mantenía lejos de aquella estancia del castillo y se encerraba en una torre
hasta el amanecer.
Durante ese momento Virginia aprovechaba su libertad, y recorría todos los espacios no
vigilados, salía al bosque y en alguna ocasión su presencia se transformó den el rumor de un
fantasma. Un hechizo sobre el bosque basado en alguna venganza de los espíritus de la noche
y alguna que otra superstición de maldiciones gitanas a causa del Moro.
Pasaron tres años y el Moro no entendía la tranquilidad del rey, elaboró miles de teorías, y no
comprendía la paz que había aún con esclavitud. Solo era víctima de sus doce campanadas
cada medianoche.
Se sentía solo, y los sobrepasó la angustia de su capricho. Ella era libre cada noche, y disfrutaba de la paz, en su alma, pero, comenzó a sentir pena
del represor. Cierta noche vió la silueta oscura por los pasillos, oscura de dolor y egoísmo, de soledad que
traspasaba la piel. Como una rosa seca, en un último aliento.
No había nacido esclava ni mora, pero le pesaba ese dolor, así fue que una noche mientras
Abdul dormía, por un pasadizo ingreso a su aposento, y se quedó de pie junto a su cama.
- Princesa ¡ se sobresaltó Abdul- estoy arrepentido del dolor que he causado
- Soy un Alma que he venido a darte paz, por un capricho has tomado , mi reino,
tratando de alcanzar por la fuerza lo que no has pedido en tiempos de paz y parte de la
amistad, nace de la confianza.
Abdul se arrojó a sus pies, y le pidió perdón, prometió cambiar si su espíritu no lo abandonaba,
y prometió regresarle su reino. Jamás se volvió a saber de él, nadie lo vió partir, y nadie lo vió
quedarse, tan solo los espíritus que de noche dominan el bosque , ven encenderse cada
anochecer la luz de la torre.